En su origen, las estaciones de servicio eran espacios funcionales, diseñados para detenerse lo justo, repostar y continuar rápidamente el camino. Un gesto rápido y rutinario en el que la experiencia importaba poco porque el objetivo era llenar el depósito y, quizás, revisar la presión de los neumáticos o el nivel de aceite. Sin embargo, ese modelo ha cambiado radicalmente en los últimos años. La transición energética, la digitalización y los nuevos hábitos de consumo han transformado estos espacios en unos mucho más completos, cómodos y versátiles, capaces de responder no solo a las necesidades de los vehículos, sino también a las de las personas que viajan en ellos.
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